La libertad no llegó con una sensación de alivio.
Llegó con olor a escape de gasolina, café quemado y metal frío: el inconfundible aroma de una estación de autobuses justo antes del amanecer. Sabía a un mundo que se había mantenido en movimiento mientras yo permanecía inmóvil. Salí por las puertas de hierro con una bolsa de plástico transparente en la mano que contenía todo lo que poseía: dos camisas de franela, un ejemplar de El Conde de Montecristo con las esquinas dobladas y el lomo roto, y el pesado silencio que se acumula tras tres años de que te digan que tus palabras no importan.
Sin embargo, mientras mis botas pisaban el pavimento agrietado, mis pensamientos no estaban en la cárcel.
Ni en el ruido.
Ni en la injusticia.
Estaban en una persona.
Mi padre.
Cada noche, dentro, lo reconstruía en mi mente, siempre en el mismo lugar. Sentado en su viejo sillón de cuero junto al ventanal, la luz del porche proyectaba un cálido resplandor sobre las profundas arrugas de su rostro. En mi imaginación, siempre estaba esperando. Siempre vivo. Aferrándome a la versión de mí que existía antes del arresto, antes de los titulares, antes de que el mundo decidiera que Eli Vance era culpable.
Ignoré el restaurante de enfrente a pesar del dolor de estómago. No llamé a nadie. Ni siquiera miré la dirección de reingreso que llevaba doblada en el bolsillo.
Fui directo a casa.
O a lo que creía que era mi casa.
El autobús me dejó a tres manzanas. Corrí el resto, con los pulmones ardiendo, el corazón latiéndome como si pudiera correr más rápido que el tiempo. La calle me resultó familiar al principio: las aceras agrietadas, el viejo arce que se descolgaba en la esquina, pero cuanto más me acercaba, más extraña me parecía.
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