—Ahora vivimos aquí —añadió—. Deberías irte.
El pasillo tras ella estaba irreconocible. Muebles nuevos. Cuadros nuevos. Ni rastro de las botas de mi padre. Ni chaqueta. Ni olor a serrín ni a café.
Era como si lo hubieran borrado.
Y ella sostenía el borrador.
—Necesito verlo —dije, con la desesperación arañándome el pecho—. Su habitación…
—No queda nada —respondió, cerrando la puerta. Sin un portazo. Solo cerrándola. Lentamente. Definitiva.
El cerrojo hizo clic.
Me quedé allí, atónita.
Un año.
Me enteré de que mi padre se había ido, de pie en su porche como un extraño.
No recuerdo haberme ido. Solo caminé. Hasta que me ardían las piernas. Hasta que la frase dejó de resonar.
Finalmente, llegué al único lugar que tenía sentido.
El cementerio.
Altos pinos se alzaban como guardias. La verja de hierro se abrió con un crujido.
No tenía flores. Solo necesitaba una prueba.
Antes de llegar a la oficina, una voz me detuvo.
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