Llamó a Jessica inmediatamente. Llegaron en menos de una hora, con un maletín lleno de documentos “estándar”.
Se creyeron listos. Habían incluido un poder notarial tan amplio que le habría permitido a Michael vender mis zapatos mientras aún los usaba. También tenían una directiva.
Consejos médicos que les daban control sobre mi salud.
Excepto que yo también había hecho una llamada.
David Hartwell, mi abogado durante veinte años, ya estaba trabajando en las consecuencias.
"Firmaré", les dije, "pero quiero que David lo revise. Vendrá mañana por la mañana para ultimar las implicaciones fiscales de la venta".
"¿Por qué esperar?", preguntó Jessica, con la mirada fija en el maletín. "Podemos certificarlo en el banco hoy mismo".
"Paciencia, querida", sonreí. "Es lo que crea riqueza. Deberías saberlo".
La confrontación final.
El viernes por la mañana, el cielo estaba gris, la lluvia fina y persistente. Michael y Jessica llegaron temprano, vestidos como una pareja modelo en una misión "benéfica". Parecían estar allí para recoger un trofeo.
"¿Firmaste, mamá?", preguntó Michael. "Sí", respondí, deslizando el grueso fajo por la mesa.
No se habían dado cuenta del detalle: el membrete era ligeramente diferente. David se había pasado la noche creando los archivos falsos. El poder notarial que tenían le daba a Michael control total... de una cuenta bancaria abierta esa misma mañana, con exactamente un dólar. La directiva médica, por otro lado, era en realidad un documento que les prohibía estar a mi lado en caso de emergencia.
Jessica tomó los papeles.
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