Tres días antes de heredar un fideicomiso de 50 millones de dólares, mi padre me llevó en nuestro yate de 4 millones. Desperté solo en alta mar, con el GPS destrozado. Para el fin de semana, celebraron mi funeral. Lo dejé hablar y luego entré con las pruebas.

Me dejaron morir en el mar por una herencia. Olvidaron que sabía conducir el barco.

Lo último que recuerdo antes de que todo se oscureciera fue la risa de mi hermana rozando el agua.

La risa de Elena siempre había resonado: brillante, espontánea, de esas que hacían que la gente volviera la cabeza. Esa noche, flotó por la cubierta del Saraphina, el yate de nuestra familia, mezclándose con el jazz y el silencio de las olas. Levantó su copa de champán hacia mí; los diamantes brillaban al atardecer.

"Por María", dijo. "Por cumplir por fin veinticinco".

La mano de Mark reposaba cálidamente en mi espalda. Mi padre me apretó el hombro.

"Un verdadero hito, princesa".

Sonreí.

Diez minutos después, el mundo se inclinó.

Cuando desperté, el silencio lo envolvió todo.

Sin música. Sin voces. Sin pasos. Solo el sordo golpe del agua contra el metal.

Me dolía la cabeza. Sentía la boca seca y espesa. Llamé a Mark.

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