“Porque no tienes ni idea de dónde te has metido”, respondió.
El líder dio un paso adelante, irritado.
“Deja de fingir. El teléfono y la cadena. Ya.”
Y en ese momento, de la curva del callejón, de entre las sombras de los árboles, dos hombres corpulentos emergieron lentamente. Eran los guardaespaldas de la chica. Altos, vestidos de negro, con rostros fríos. Se movían con calma, sin alboroto, pero su andar transmitía una sensación de poder.
Los vándalos no tenían ni idea de que acababan de intentar robar a la hija de uno de los hombres más ricos.
Los chicos se giraron.
“¿Quiénes son?”
Uno de los guardias se acercó y dijo secamente:
"¿Problemas?"
Verónica ni siquiera se giró.
"Ya no", respondió con calma.
Las sonrisas desaparecieron de los rostros de los chicos.
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