"Cambio urgente de cerradura. 24/7".
El técnico llegó rápido. Me miró con ojos cansados y no hizo preguntas innecesarias.
"¿Cambio el cilindro o la cerradura entera?"
"Toda". Su voz era débil pero firme.
El taladro raspó contra el metal. Ese sonido resultó ser la mejor medicina: desprendió el pasado, convirtiéndolo en virutas. Cuando el cerrajero me entregó las llaves nuevas, exhalé por primera vez en 24 horas.
Los siguientes días transcurrieron en silencio. Vitaly no llamó. Y yo estaba recuperando la cordura.
El cuerpo se adapta mejor cuando no hay nadie con cara de disgusto. Dormí, comí en la cama y ventilé el apartamento.
Al tercer día, la fiebre había desaparecido por completo. Me di una ducha larga, me puse un pijama limpio y preparé té con limón, el mismo que me trajo el mensajero en lugar del que me robó mi marido.
Y de repente, se oyó un chirrido en la cerradura...
La cerradura crujió lentamente, como si se resistiera. Me quedé paralizada, escuchando cada sonido, con el corazón latiendo como un tambor. Un pensamiento cruzó por mi cabeza: "¿Será solo el viento?". Pero el viento no hizo girar la llave en la cerradura.
Clic. La puerta se abrió ligeramente. "Len...", la voz era tranquila, cautelosa. La reconocí. Apreté la llave nueva como si fuera mi única defensa. "¿Quién anda ahí?" Mi voz sonó más firme de lo que esperaba.
"Soy yo... Vitaly. Olvidé algo." Las palabras se me escaparon, llenas de incomodidad.
Me puse de pie. Respiraba con normalidad, pero me temblaba el cuerpo. "¿Piensas volver?", pregunté.
"Quería... ver cómo estabas", murmuró, con las manos medio levantadas, como para indicar que no iba a atacar.
Di un paso hacia la puerta, pero me detuve. La situación pendía de un hilo. "Vitaly, la cerradura es nueva. No quiero que vuelvas a entrar en el apartamento cuando..."
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