¿Y estás cómoda?
Bajó la mirada. "Entiendo... Lo siento. No pensé que sería tan... difícil".
Respiré hondo. "Es difícil estar sola, cuando alguien en quien confiabas teme incluso a tu aliento". "De acuerdo. Te pido: llama si necesitas ayuda. No vengas tú".
Asintió. Una mezcla de alivio y resentimiento brilló en sus ojos. "De acuerdo. Llamaré. Y... me llevo los limones". Intentó sonreír, pero no tenía gracia.
"Quédate con los limones", dije con calma. "Y la miel también. Puedo con ello".
Suspiró en silencio, se dio la vuelta y se fue. La puerta se cerró tras él. El clic de la cerradura marcó el límite final.
Me hundí en el sofá, sintiendo que la tensión se aliviaba poco a poco. Lo tenía claro: ahora soy responsable de mi propio espacio, mi salud y mi tiempo. Un día, dos, todo esto me dio una sensación de fuerza que no había sentido con Vitaly.
Los rayos de sol se filtraban por las cortinas, iluminando la habitación. El aire olía a limón y miel, aún en la bolsa. El silencio ya no me intimidaba; se sentía privado, seguro, lleno de posibilidades.
Tomé una taza de té y di un sorbo. La bebida caliente me calentó los hombros y mi cuerpo finalmente se relajó. Nadie me dictaba condiciones, nadie me probaba quién era más fuerte, quién tenía la razón. Solo yo y mi nuevo orden, el que yo misma había creado.
Y en ese momento, por primera vez en mucho tiempo, me pareció que la soledad no podía ser vacío, sino fuerza.
Pasaron los días, y el apartamento poco a poco fue cobrando vida solo con mis pasos, mis sonidos. Cada noche, preparaba té con limón, caldo, hacía la cama, y me di cuenta de que ahora lo hacía todo yo misma, pero sin la sensación de pesadez.
El teléfono estaba en silencio. Ninguna llamada de Vitaly. A veces era doloroso, a veces alegre; la dependencia de su reacción se había desvanecido, como la pesada manta que había estado arrastrando todo este tiempo.
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