Y por primera vez en mucho tiempo, no sentí miedo, sino libertad.
Al día siguiente, decidí irme del apartamento. El viento jugueteaba con mi pelo, el aire olía fresco.
Después de la lluvia. Mi mochila contenía todo lo que necesitaba: libros, un cuaderno, algo de comida. Caminé por las calles y, a cada paso, sentía que el pasado se esfumaba con cada respiración.
Al acercarme a un pequeño parque, me detuve en un viejo banco. En mis manos, sostenía una bolsa de limones y miel, los mismos símbolos de cariño que Vitaly había dejado antes de irse. Los miré y sonreí discretamente: «Puedo con esto yo solo».
Saqué un limón, lo abrí y exprimí el jugo en una taza de agua caliente, añadiendo miel. Lo bebí y sentí cómo los restos de miedo y resentimiento se desvanecían con el aroma cítrico y la dulzura de la miel.
Luego dejé la bolsa en el banco. No la tiré, no la tiré; simplemente la dejé atrás. Ya no era necesaria. Como símbolo del pasado, permaneció allí, en el banco, junto con mis miedos, mi ansiedad y mi impotencia.
Respiré hondo y sentí una sensación de ligereza que me invadía el cuerpo. Ninguna puerta, ninguna persona podía decidir por mí quién era ni cuánto valía.
Y cuando el sol me tocó la cara, seguí adelante, con confianza, sin mirar atrás. Libre, adulta, lista para mi propia vida.
El pasado había quedado atrás. Y delante solo estaba yo: completa, fuerte y libre.
Al día siguiente, me desperté con la luz del sol filtrándose a través de las cortinas. El apartamento estaba tranquilo, limpio y luminoso. No se oían pasos de desconocidos, ni voces preocupadas, ni la ansiedad de nadie. Solo yo y mi mundo.
Me levanté lentamente, me duché, me puse mi pijama favorito y preparé un té fuerte con limón, ahora un símbolo completo de mi fuerza e independencia. Una bolsa de la compra, entregada por un mensajero, estaba sobre la mesa, y sentí una pequeña victoria: podía conseguir todo lo que necesitaba.
Me senté en el sofá, con una taza en las manos, y por primera vez en mucho tiempo, me sentí completamente tranquila. El calor de la bebida me recorrió el cuerpo y un silencio que una vez temí llenó mi mente. Miré la nueva cerradura y las llaves que estaban en el estante. Ya no eran solo hierro y aceite. Eran una señal de que yo estaba al mando de mi vida, de que ahora nadie podía entrar en mi espacio sin mi consentimiento.
En ese momento, me di cuenta: ya no le tenía miedo a la soledad. No dependía del cuidado, los miedos ni la presencia de nadie. Podía respirar, vivir y ser yo misma.
Tomé un sorbo de té y sonreí. La luz que entraba por la ventana me calentó suavemente el rostro. Por delante estaba el día, mi vida entera, completamente mía.
Y por primera vez en mucho tiempo, sentí que la verdadera libertad es cuando asumes la responsabilidad de tu propia felicidad y ya no dejas que nadie más decida quién eres y cuánto vales.
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