Una casa que ya no era un hogar
Sergey apareció en la cocina más tarde. Ya lo sabía. Siempre lo sabía de antemano y siempre guardaba silencio.
—Venga ya... —empezó con cautela—. Es familia. Mamá es mayor, quiere...
—Si quiere, que lo organice ella —respondió Kira—. No soy un restaurante. Ni un salón de banquetes. Ni un servicio gratuito.
Sergey apartó la mirada.
Como siempre.
—Te daré dinero... un poco —murmuró—. Unos cinco mil.
Kira sonrió con amargura. Sin alegría.
Cinco mil ni siquiera son comida. Es una ilusión de ayuda.
Miró a su marido y de repente se dio cuenta:
él no estaría a su lado.
Él ya había elegido un bando.
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