Un conductor de autobús escolar ve todos los días a una niña escondiendo algo; lo que encuentra debajo de su asiento lo deja sin palabras…

Había visto esas mismas pastillas en la mesita de noche de su esposa una vez, hacía mucho tiempo, cuando los hospitales y las despedidas llenaban sus días.
No durmió esa noche.

A la mañana siguiente, fue directo a la secretaría del colegio y pidió hablar con el consejero. Su voz era suave pero firme, de esas que transmiten preocupación, no acusaciones.

"Creo que alguien necesita ayuda", dijo, dejando las pastillas sobre el escritorio.

En cuestión de horas, todo cambió. Una enfermera habló con Lucía. Se concertó una reunión. Y esa tarde, en lugar de Javier esperando en la parada, una trabajadora social se acercó al autobús.

Lucía dudó antes de bajarse. Por primera vez, no salió corriendo. Caminó hacia Manuel, con las manos temblorosas y los ojos llenos de lágrimas.

“No quería que nadie lo supiera”, susurró. “Los tratamientos me cansan. No quería compasión. Mi padrastro dice que es mejor que la gente no hable…”

La voz de Manuel se quebró al responder.

“Hija, afrontar algo tan grande sola es el peor silencio.”

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