Un conductor de autobús escolar ve todos los días a una niña escondiendo algo; lo que encuentra debajo de su asiento lo deja sin palabras…

Durante las siguientes semanas, Manuel se convirtió en parte de su rutina, no por la fuerza, sino por su presencia. La esperaba en la puerta del colegio cuando tenía días de hospital. Le guardaba té caliente en un termo. Le hablaba de motores y atardeceres, cosas lo suficientemente pequeñas como para calmar el miedo.

Lucía se abrió poco a poco. Le contó del diagnóstico que había ocultado, de cómo su madre le trenzaba el pelo antes de la quimioterapia, de su miedo a desaparecer de la memoria de la gente.

La primavera llegó a Sevilla a principios de ese año. Los azahares cubrían el techo del autobús, y Lucía empezó a sentarse en el asiento delantero, dibujando flores en notas adhesivas y pegándolas cerca del salpicadero de Manuel.

Una mañana, subió al autobús con los ojos más brillantes y un sobre cerrado.

"Para ti", dijo.

Dentro había un informe del hospital:

Remisión confirmada. Continúe el seguimiento.
Debajo, con su letra en bucle:

"Gracias por no apartar la mirada".

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