Un grito estridente rompió el silencio del Hotel Noches Blancas.

La habitación era un caos indescriptible. Elena estaba sentada en la cama, llorando, con el pelo suelto y enredado, el vestido de novia arrugado, y junto a ella estaba el joven, su esposo, que parecía tan confundido y culpable como si acabara de cometer un error fatal.

"Papá..." graznó Elena con voz ronca. "Duele... duele muchísimo..."

Svetlana dio un paso adelante, sin saber qué hacer. Su mirada iba de su hija a su yerno, intentando descifrar qué había pasado. Pavel Arkadyevich se quedó paralizado, con el rostro entre sorprendido y desesperado.

"¿Qué pasó exactamente?" —preguntó Svetlana, intentando disimular el temblor en su voz—. ¡Dímelo claro!

Elena lloró aún más fuerte. Las lágrimas rodaban por sus mejillas, mezclándose con el suave latido de su corazón, que parecía audible para todos a su alrededor.

—Yo... no sé... —murmuró, intentando explicar—. Él... yo... —Se le quebró la voz y se cubrió la cara con las manos.

El marido de Elena, aún conmocionado por las festividades de la boda, intentó explicarse, pero arrastraba las palabras, como si su lengua lo hubiera traicionado en el momento más crucial.

—Svetlana, por favor... —exhaló finalmente—. No quería decir... esto...

Svetlana sintió un nudo en la garganta. Su mente intentaba construir cadenas lógicas para comprender lo que había sucedido, pero sus emociones —ansiedad, miedo, confusión— lo hacían casi imposible. Se sentó junto a su hija y le tomó la mano.

—Todo estará bien —dijo en voz baja—. Solo calma. Baja, respira.

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