Svetlana lo miró con severidad, pero sin enojo. Sabía que no era momento de acusaciones. Debía actuar con cuidado para calmar a su hija y no empeorar la situación.
"Sentémonos y hablemos", sugirió. "Nos explicaremos todo, con calma".
Poco a poco, el silencio comenzó a regresar a la habitación. Elena seguía llorando, pero su temblor se iba calmando poco a poco. Pavel Arkadyevich se sentó a su lado y puso la mano sobre el hombro de su hija, como diciendo: "Estoy aquí". Todo estará bien.
Svetlana acarició suavemente el hombro de Elena. La niña permanecía acurrucada como una niña pequeña, intentando esconder el rostro entre las manos. Cada sollozo era un sonido desgarrador que le encogía el corazón a su madre. Pavel Arkadyevich no sabía qué hacer con las manos: quería abrazar a su hija, castigar a su yerno y, al mismo tiempo, comprender lo que había sucedido.
"Debes contármelo todo", dijo finalmente, casi en un susurro, intentando no asustar aún más a su hija. "Sin secretos, sin miedos".
Elena levantó la cabeza. Sus ojos estaban
Y rojos, hinchados, pero una pequeña chispa de confianza se vislumbraba en ellos.
"Fue...", titubeó, "fue doloroso... No pensé... que..."
"¿Qué?", intercedió su madre con dulzura. "Habla con calma. Todo estará bien."
El joven esposo de Elena, Konstantin, se arrodilló junto a la cama, intentando sostener a su esposa. Le temblaban las manos, su voz apenas se oía:
"Lena... No quise... No... No esperaba..."
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