Un grito estridente rompió el silencio del Hotel Noches Blancas.

Svetlana respiró hondo. Comprendió que para una pareja joven, su noche de bodas era un momento especial, y la tensión emocional podía ser muy intensa. Pero lo que había sucedido era claramente más que una simple ansiedad. Decidió actuar como psicóloga y madre: con dulzura pero con firmeza.

"Lena, escúchame", dijo, mirando a su hija directamente a los ojos. "Todo lo que sucede entre marido y mujer es normal. A veces, el dolor y el miedo son más grandes de lo que esperamos." No estás solo, estamos contigo.

Elena asintió, pero las lágrimas seguían fluyendo. Pavel Arkadyevich se sentó pesadamente en el borde de la cama, sintiendo una opresión en su interior. Nunca antes se había encontrado en una situación así. Su servicio militar le había enseñado disciplina y fortaleza, pero las emociones humanas, especialmente las de su hija, eran algo completamente distinto.

Konstantin lo miró con desesperación:

"No quise hacerle daño... Quería... que todo fuera diferente..."

"Lo entiendo", dijo Pavel Arkadyevich, buscando las palabras adecuadas. "Pero debes tener cuidado. Este no es solo un momento de alegría, es un momento de confianza, y la confianza se rompe fácilmente".

Svetlana cogió un vaso de agua de la mesita de noche y se lo ofreció a su hija:

"Prueba a beber un poco. Te ayudará a calmarte".

Elena, con las manos temblorosas, tomó el vaso y dio un pequeño sorbo. El agua tibia la tranquilizó un poco y su respiración se volvió más regular.

"Mamá...", dijo en voz baja, "No sabía que sería tan... doloroso..."

Svetlana se sentó a su lado, abrazó a su hija y le acarició el pelo.

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