"No pasa nada, cariño. El dolor es parte de la vida. Pero lo importante es que no estás sola. Papá y yo estamos aquí."
En ese momento, Pavel Arkadyevich recordó la recepción de la boda. Todo había sido diversión, ruido, baile y música hasta bien entrada la noche. Vio la felicidad de su hija, su sonrisa, la alegría en el rostro de Konstantin. Y entonces, el primer golpe de realidad, tan fuerte como una ducha fría.
"Svetlana", dijo en voz baja, "tenemos que hablar con él. Con Konstantin. Para que entienda... que esto va en serio."
"Ya hablé con él", dijo Svetlana. "Lo entiende. Solo necesita tiempo."
Elena asintió, sintiendo el apoyo de sus padres, y por primera vez esa noche, su cuerpo se relajó un poco. Se permitió respirar hondo y exhalar.
"Lena", dijo Pavel Arkadyevich en voz baja, "tienes que confiar en tu marido. Él te quiere. Pero tú también tienes derecho a sentir lo que sientes. No les tengas miedo".
Konstantin inclinó la cabeza, sintiéndose culpable, pero también comprendiendo que ahora debía ser cuidadoso, atento y paciente.
Svetlana se levantó para coger una manta abrigada de la silla. Cubrió a su hija y a su marido, y la habitación se llenó de la suave luz de la lámpara. El silencio se volvió más apacible, pero la tensión seguía flotando en el aire como una espesa niebla.
"Sentémonos un rato", dijo. "Sin hablar, solo estar cerca. Eso también es importante".
Y se sentaron, escuchando el suave zumbido del aire acondicionado, la respiración del otro, los pasos en el pasillo del hotel. Cada movimiento era un recordatorio de la realidad, de que la vida continúa incluso después de momentos agudos de miedo y dolor.
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