De vuelta en el ático de Daniel Prescott, el silencio se sintió ensordecedor.
Lucas estaba de pie en medio de la gran sala de estar, envuelto en una manta fresca y bebiendo chocolate caliente de una taza demasiado grande para sus manos. Sus mejillas estaban rosadas ahora, ya no por el frío, sino por el calor, algo que no había sentido en mucho tiempo.
Daniel lo observó de cerca. Cada movimiento del chico se sentía surrealista. Sus ojos… eran de Elena. No se puede negar. La forma de su nariz, la forma en que fruncía el cejo cuando estaba nervioso, era como ver a Elena renacer.
Todavía no podía creerlo. Diez años de dolor, creyendo que ella lo había dejado, que había muerto sola, solo para descubrir que había estado embarazada de su hijo. Su hijo.
Y ahora, ese niño estaba de pie en su sala de estar.
Daniel se aclaró la garganta. «Lucas, ¿recuerdas dónde vivían tú y tu madre antes… antes de que ella falleciera?»
Lucas asintió lentamente. «Un pequeño apartamento cerca de Eastwood. Ella trabajaba en una floristería. Ella siempre estaba cansada, pero sonreía mucho. Especialmente cuando veíamos películas antiguas juntos».
Daniel se sentó frente a él, con el pecho apretado. «¿Por qué no me lo dijo?»
Lucas lo miró, inseguro. «Ella dijo que no quería arruinar tu vida. Que tenías sueños demasiado grandes para un niño».

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