Harlan sintió que las piezas encajaban de una manera fría y precisa, no porque el destino sea dramático, sino porque los patrones se repiten cuando a la gente se le permite salirse con la suya.
“Vamos a manejar esto como es debido”, dijo Harlan, con un tono que pasó de herido a centrado. “No te expongas al peligro y no hagas nada sola”.
Juniper no se inmutó.
“Puedo ser cuidadosa”, respondió. “Pero no voy a dar un paso al costado”.
La cena donde se cayó la máscara
Esa tarde, Harlan organizó dos cosas sin que Marina lo supiera, porque el secreto era ahora una forma de autoestima: Reid entregó una muestra del “cóctel de vitaminas” verde de Marina a un laboratorio privado por vía legal, y Harlan invitó al Dr. Kline a su casa bajo el pretexto de la ansiedad y la desesperación, como si finalmente hubiera aceptado la necesidad de un “tratamiento más fuerte”.
La emoción de Marina llegó demasiado rápido para ser inocente.
“Por fin”, dijo con los ojos brillantes, “sabía que cambiarías de opinión, cariño, te sentirás mejor cuando el médico te ajuste las cosas”.
Esa noche, Harlan se guardó la grabadora en el bolsillo de la chaqueta y la encendió. Luego, se sentó en la sala con las gafas de sol puestas, haciendo el papel de hombre indefenso por última vez. Reid esperaba en una trastienda con un abogado, y un amigo de Reid que trabajaba en investigaciones legales estaba a su lado para coordinarse con las autoridades si la evidencia traspasaba el umbral necesario.
Cuando llegó el Dr. Kline, Marina lo saludó con una familiaridad demasiado íntima para un "especialista" al que, según ella, Harlan no conocía.
"Doctor, gracias por venir", dijo Marina, y sus dedos rozaron su mano mientras lo acompañaba al interior.
La sonrisa de Kline era suave, comercial, nada reconfortante.
"Por supuesto", dijo, mirando a Harlan como si estuviera evaluando el inventario.
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