Salió de casa y esperó a que su propio cuerpo le dijera la verdad. Al mediodía, sentía la cabeza menos nublada, la luz del sol dejó de ser tan intensa y las palabras en un quiosco de periódicos fuera de un café empezaron a formar letras de verdad en lugar de formas pálidas. Se quedó allí más tiempo del que pretendía, mirándolo fijamente como si pudiera forzar la mejoría para que persistiera.
En el parque, la chica apareció de nuevo, como si hubiera estado siguiendo su camino.
"Sabía que volverías", dijo, sentada en un banco a unos pasos de distancia, con cuidado de mantener la distancia, con cuidado de controlarse. "Hoy ves mejor".
Harlan tragó saliva, todavía atónito por lo tranquila que estaba.
"¿Cómo sabes de la bebida?", preguntó. "¿Cómo te has dado cuenta?"
Se encogió de hombros de una forma demasiado adulta. “Yo observo”, dijo simplemente. “Tu esposa cruza el puente en coche hasta una farmacia donde nadie la conoce, paga en efectivo y nunca compra esas cosas aquí”.
Una fría sensación recorrió la espalda de Harlan, porque el detalle era demasiado específico para ser una suposición.
“¿Cómo te llamas?”, preguntó.
“Juniper”, respondió ella, y luego apretó los labios en una línea plana antes de añadir: “Solía venir aquí con mi padre, antes de que fuéramos solo yo”.
La razón por la que se negó a quedarse callada
Se sentaron con la brisa marina que azotaba el parque, y Harlan se encontró hablando con una niña como si fuera la única adulta en la habitación, porque hablaba sin adornos y escuchaba sin necesidad de interrumpir.
“¿Por qué me lo dices?”, preguntó, porque necesitaba entender la valentía que se necesitaba para decirle algo así a una desconocida.
La mirada de Juniper no bajó.
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