Un hombre viudo se sentó solo en una boda hasta que tres niñas le susurraron: "Solo finge que eres nuestro papá para que nuestra mamá no se siente sola". Lo que comenzó como un favor se convirtió en la familia que nunca planeó.

“Llevamos toda la noche observándote”, añadió el del medio.

“Y tienes toda la razón”, concluyó el tercero, asintiendo con silenciosa seguridad.

Jonathan parpadeó, sin saber si reír o disculparse.

“¿Derecho para qué?”

Se acercaron, lo suficiente como para que percibiera un ligero aroma a champú de fresa, y susurraron con urgencia conspirativa.

“Necesitamos que finjas ser nuestro padre”.

Las palabras se le quedaron atrapadas en el pecho, robándole el aire de los pulmones.

“Solo por esta noche”, se apresuró a añadir el primero.

“Solo hasta que termine la fiesta”, dijo el segundo, sacando un billete arrugado del bolsillo con un orgullo infundado.

“Por favor”, murmuró el tercero con los ojos brillantes. “Nuestra madre siempre se sienta sola. La gente la mira como si estuviera rota, pero no lo está. Solo está cansada”.

Algo dentro de Jonathan se movió, como si una vieja puerta se hubiera abierto de una patada sin previo aviso. Reconoció esa sonrisa cansada, de esas que solo se desvanecían a medias, la que él mismo había lucido durante años.

"¿Dónde está tu mamá?", preguntó antes de poder reconsiderarlo.

Señalaron juntos, tres brazos moviéndose como la aguja de una brújula buscando el norte.

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