El cajero, un joven llamado Kaden, resopló entre dientes.
"Señor, esta identificación es de los setenta. No puedo aceptarla."
Arthur no alzó la voz. No discutió. Simplemente guardó la cartera de cuero agrietada en su bolsillo con la lentitud y el cuidado de quien ha aprendido hace mucho tiempo que la paciencia vence al orgullo. La fila detrás de él se movió y suspiró, con irritación en el aire.
"Es una identificación militar", dijo Arthur en voz baja. "Esas no caducan."
Kaden sonrió con suficiencia. "No importa. Las reglas de la tienda dicen que solo se requiere identificación válida y vigente. Si quiere el descuento para veteranos, siga las reglas." Saludó al siguiente cliente, desestimando a Arthur como si fuera una molestia.
Una mujer parada detrás de él intervino: "Sirvió a su país. Solo dele el descuento."
Kaden tensó la mandíbula. "Señora, la política es la política."
Antes de que pudiera decir más, la puerta de la trastienda se abrió.
El dueño, Vincent, de unos cuarenta y tantos años y ojos cansados, salió y percibió al instante la tensión. "¿Qué pasa?"
"Intenta usar una tarjeta veterinaria obsoleta", dijo Kaden, con un gesto de desdén.
La mirada de Vincent se posó en la tarjeta que Arthur aún tenía en la mano.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
