Las palabras le cayeron como un peso físico. Arthur lo miró fijamente, viendo ecos de George en los ojos del hombre: la misma curva, la misma expresión.
“Nunca volvió a casa”, dijo Vincent. “Mi madre conservó esa foto en su mesita de noche hasta que murió.”
Arthur dejó la tarjeta con cuidado sobre el escritorio. La había llevado consigo durante casi cincuenta años.
“Intenté encontrarte”, dijo Arthur con voz ronca. “Pero tu apellido cambió. Los registros terminaban con tu madre.”
“Nací justo antes de que lo desplegaran”, dijo Vincent. “Nunca me abrazó.”
Arthur sonrió levemente. “Hablaba de ti constantemente. Te llamaba ‘pequeño Vinnie’. Llevaba tu foto a todas partes.”
Las lágrimas resbalaron por el rostro de Vincent.
“Por favor”, pidió. “Háblame de él.”
Arthur lo hizo.
Habló de la risa en circunstancias imposibles. De cartas escritas con linterna. De un hombre que creía, a pesar de todo, que volvería a casa. Y entonces llegó el día cerca del arroyo. La emboscada. Las heridas.
La voz de Arthur apenas se oía.
"Él lo sabía. Me puso la cartera en la mano y me dijo: 'Encuentra a mi hijo'".
Vincent cerró los ojos.
"Le quitaron las placas", continuó Arthur. "Pero esto no".
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