UN MILLONARIO ENTRA AL RESTAURANTE… Y SE QUEDA HELADO AL VER SU EXESPOSA EMBARAZADA, SIRVIENDO MESAS

El teléfono de Sebastián vibró en su bolsillo. Era su secretaria. —Señor Mendoza, están todos esperándolo. Si no llega en diez minutos, el trato con los alemanes se caerá. Perderemos millones.

Sebastián miró el teléfono. Luego miró a Mateo, que acababa de lograr sentarse solo por primera vez y lo miraba con orgullo, esperando el aplauso de su papá. Miró a Isabela, que estaba sentada en un banco cercano leyendo un libro, sana, tranquila, feliz.

—Cancela la reunión, Claudia —dijo Sebastián con calma.

—¿Pero señor? ¡Es una locura! ¡Perderá su bono anual!

—Diles que reprogramen. Y si no quieren, que se busquen otro socio. Hoy mi hijo aprendió a sentarse, y hace un día precioso. No voy a cambiar este momento por todo el oro del banco central.

Colgó el teléfono y lo apagó.

Sebastián Mendoza perdió mucho dinero ese día. Su nombre bajó algunos puestos en la lista Forbes. Sus competidores dijeron que había perdido la ambición, que se había vuelto blando.

Pero mientras levantaba a Mateo hacia el cielo azul, escuchando esa risa pura y cristalina, y sentía el abrazo de Isabela rodeándole la cintura, Sebastián supo la verdad absoluta.

Había pasado la mitad de su vida escalando una montaña de oro, solo para descubrir que en la cima hacía frío y no se podía respirar. Ahora, con los pies en la tierra, con las manos ocupadas cambiando pañales y el corazón lleno de amor, entendía por fin el significado de la riqueza.

No se trataba de lo que tenías en el bolsillo, sino de quién te sostenía la mano cuando el mundo se venía abajo. Había entrado a aquel restaurante siendo un mendigo con traje de marca, y ahora, en este parque sencillo, era el hombre más rico del mundo.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.