Él soltó una risa corta, cínica, mientras volvía su atención a la pantalla de su computadora.
—Cierra la puerta al salir, por favor.
Y así, Isabela salió de su vida. Sebastián se sintió aliviado. Se sentía ligero, libre de las ataduras de la domesticidad. Se convenció a sí mismo de que había ganado. Se dijo que ahora nada se interpondría en su camino hacia la cima absoluta. Y durante los siguientes tres años, pareció tener razón. Su fortuna se triplicó. Sus hoteles ganaron premios internacionales. Se convirtió en el “Soltero de Oro” de la ciudad, un hombre intocable, rodeado de lujos, mujeres hermosas que no hacían preguntas y amigos que reían de todos sus chistes siempre y cuando él pagara la cuenta.
Pero el tiempo, ese juez silencioso que no acepta sobornos, tenía otros planes.
Era un viernes por la noche, tres años después de aquella firma fatídica. La ciudad brillaba bajo la lluvia, reflejando las luces de neón en el asfalto mojado. El Bentley de Sebastián se detuvo suavemente frente a “L’Étoile”, el restaurante más exclusivo de la metrópoli, un lugar donde una reserva era más difícil de conseguir que un diamante.
Sebastián bajó del auto, ajustándose los gemelos de oro de su camisa. A su brazo iba colgada Camila, una modelo de veintitrés años cuya conversación era tan superficial como hermosa era su sonrisa. Ella hablaba sin parar sobre su última sesión de fotos en Milán, sobre lo difícil que era mantener su dieta, sobre chismes de celebridades que a Sebastián no le importaban en lo absoluto. Él solo asentía mecánicamente, con la mente puesta en la fusión que planeaba cerrar el lunes con un consorcio japonés.
Entraron al restaurante como la realeza. El maître los recibió con reverencias exageradas, conduciéndolos a la mejor mesa, aislada del resto, con una vista panorámica de la ciudad que Sebastián sentía poseer. Todo era perfecto: la música de piano en vivo, el aroma a trufas y vino añejo, el murmullo respetuoso de la gente rica.
—Pide lo que quieras —dijo Sebastián, abriendo la carta de vinos sin mirar los precios—. Hoy celebramos que las acciones subieron un diez por ciento.
Camila soltó una risita encantadora. —Eres increíble, amor. Creo que quiero el caviar para empezar.
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