UN MILLONARIO ENTRA AL RESTAURANTE… Y SE QUEDA HELADO AL VER SU EXESPOSA EMBARAZADA, SIRVIENDO MESAS

Sebastián levantó la mano para llamar a la camarera. No prestó atención a quién se acercaba; para él, el personal de servicio eran sombras, figuras sin rostro que existían solo para facilitar su comodidad. Siguió revisando su teléfono, respondiendo un correo urgente, hasta que notó que nadie hablaba.

La sombra estaba parada junto a su mesa, pero no decía nada.

—Una botella de Dom Pérignon y el caviar imperial —ordenó Sebastián sin levantar la vista, impaciente—. Y rápido, por favor.

El silencio persistió. Un silencio denso, pesado, que hizo que los vellos de su nuca se erizaran.

—¿Señor Mendoza?

Esa voz.

El corazón de Sebastián dio un vuelco violento en su pecho. Conocía esa voz. Era la voz que había escuchado en sus sueños más profundos, la voz que solía susurrarle al oído antes de que la ambición le endureciera el alma.

Levantó la cabeza lentamente, como si temiera lo que iba a encontrar. Y allí estaba ella.

Isabela.

Pero la imagen frente a él fue como un golpe físico en el estómago. No era la mujer elegante que él recordaba. Llevaba un uniforme de camarera que le quedaba grande en los hombros pero apretado en otras partes, el cabello recogido en un moño desordenado, y el rostro lavado, pálido, marcado por unas ojeras profundas que hablaban de insomnio y agotamiento crónico.

Sin embargo, lo que le robó el aliento a Sebastián, lo que hizo que su teléfono de última generación cayera de sus manos y golpeara la mesa con un ruido sordo, no fue su uniforme. Fue su vientre.

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