Isabela estaba embarazada. Muy embarazada. Su estómago abultado tensaba la tela barata de su delantal. Debía tener al menos ocho meses. Estaba de pie frente a él, sosteniendo la libreta de pedidos con manos rojas y agrietadas por el trabajo duro, mirándolo con una mezcla de terror, vergüenza y una dignidad dolorosa.
El tiempo se detuvo en el restaurante. La música, las risas, el tintineo de las copas, todo desapareció para Sebastián. Solo existía esa imagen devastadora: su exesposa, la mujer que una vez durmió en sábanas de seda a su lado, ahora estaba sirviéndole la mesa, a punto de dar a luz, con los zapatos desgastados y la mirada de alguien que ha conocido el infierno de cerca.
—Isabela… —el nombre salió de sus labios como un estrangulamiento.
Ella dio un paso atrás, bajando la mirada. —Enseguida traigo su orden, señor —dijo, intentando mantener el protocolo, intentando fingir que no se conocían, que él no era el hombre que la había desechado y que ella no estaba allí, expuesta en su momento más vulnerable.
—¿La conoces? —preguntó Camila, mirando a Isabela con una ceja levantada, una mezcla de curiosidad y desdén por la interrupción.
Isabela no esperó respuesta. Giró sobre sus talones, con una dificultad evidente por el peso de su vientre, y caminó lo más rápido que pudo hacia la cocina. Sebastián vio cómo se llevaba una mano a la espalda baja en un gesto instintivo de dolor. Vio cómo sus tobillos estaban hinchados. Vio la realidad cruda y brutal que él había ignorado desde su torre de marfil.
Algo se rompió dentro de Sebastián en ese instante. La máscara del magnate impasible se agrietó. Una oleada de calor le subió por el cuello, una mezcla tóxica de culpa, ira y una desesperación que no sabía que era capaz de sentir.
—Sebastián, ¿qué te pasa? Estás pálido —insistió Camila, tocándole el brazo.
Él se puso de pie bruscamente, tirando su servilleta al suelo. —Tengo que ir al baño. Pide tú.
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