UN MILLONARIO ENTRA AL RESTAURANTE… Y SE QUEDA HELADO AL VER SU EXESPOSA EMBARAZADA, SIRVIENDO MESAS

—Murió hace un año —continuó Isabela, con la voz quebrada—. Me quedé sola, sin dinero y con un hueco enorme en el currículum porque pasé cinco años siendo tu “esposa trofeo”. Nadie contrata a una mujer de treinta años sin experiencia reciente para puestos importantes. Terminé limpiando casas, sirviendo mesas… sobreviviendo.

Sebastián miró el vientre abultado, la pregunta inevitable quemándole la lengua.

—¿Y él? —señaló su estómago—. ¿Dónde está el padre? ¿Por qué permite que estés aquí trabajando en estas condiciones? ¿Quién es ese miserable?

La expresión de Isabela cambió. El dolor se transformó en humillación. Bajó la cabeza, incapaz de sostenerle la mirada.

—No hay padre, Sebastián.

—¿Cómo que no hay padre? —la ira comenzó a burbujear en él, una ira protectora que no tenía derecho a sentir—. Alguien te hizo esto.

—Se llamaba Diego —confesó ella en un susurro, las lágrimas volviendo a brotar—. Era arquitecto. Pensé que era un buen hombre. Pensé que… que esta vez el destino me estaba compensando por todo lo que sufrí contigo. Cuando quedé embarazada, estaba feliz. Me prometió matrimonio. Me prometió una familia.

Isabela hizo una pausa para tomar aire, como si el recuerdo le doliera físicamente.

—Hasta que su esposa apareció en mi puerta. Estaba casado, Sebastián. Tenía dos hijos en otra ciudad. Yo era la amante y no tenía ni idea. Cuando todo salió a la luz, él no lo dudó. Eligió a su familia, a su dinero, a su reputación. Me bloqueó de todas partes, cambió de número y desapareció. Me dejó sola con este bebé y con deudas que no puedo pagar.

Sebastián sintió náuseas. La historia era un espejo distorsionado de su propia crueldad. Él la había dejado por dinero; este tal Diego la había dejado por cobardía. Dos hombres habían destrozado a esta mujer, y el resultado era verla allí, en una cocina grasienta, con los pies hinchados, temiendo perder un trabajo miserable que apenas le daba para comer.

En ese momento, el gerente irrumpió en la escena, rojo de furia. —¡Suficiente! ¡Señor, le he dicho que no puede estar aquí! Y tú, Isabela, recoge tus cosas. Estás despedida. No puedo tener estos dramas en mi cocina.

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