UN MILLONARIO ENTRA AL RESTAURANTE… Y SE QUEDA HELADO AL VER SU EXESPOSA EMBARAZADA, SIRVIENDO MESAS

—¿Por qué? —preguntó Sebastián en un momento—. ¿Por qué no me buscaste? Podría haberte ayudado, aunque estuviéramos divorciados.

—Porque me dejaste claro que yo era una molestia —respondió ella con sinceridad—. Y tenía dignidad, Sebastián. Prefería pasar hambre que pedirte migajas.

Esa noche, Sebastián no la llevó a su mansión fría. La llevó a un hotel boutique, pagó una habitación por un mes por adelantado y le dio la llave.

—Descansa —le dijo en la puerta—. Mañana vendré a buscarte. Vamos a buscar un apartamento decente. Vamos a ir al mejor obstetra de la ciudad.

—¿Por qué haces esto? —preguntó ella, apoyada en el marco de la puerta, con la mano en su vientre.

Sebastián suspiró, sintiendo el peso de sus errores. —Porque he pasado tres años acumulando dinero y sintiéndome cada vez más pobre. Hoy, al verte, me di cuenta de que mi cuenta bancaria está llena, pero mi vida está vacía. Déjame ayudarte, Isabela. Déjame intentar ser un ser humano decente.

Los meses siguientes fueron una transformación lenta y dolorosa. Sebastián no solo puso dinero; puso tiempo. Al principio, Isabela desconfiaba. Esperaba que él se aburriera, que su capricho de “salvador” se desvaneciera cuando los negocios llamaran. Pero Sebastián persistió.

Canceló viajes a Dubái para acompañarla a las ecografías. Sostuvo su mano mientras el médico explicaba el plan de parto. Aprendió a pintar paredes y terminó con pintura azul en el cabello mientras decoraban la habitación del bebé en el nuevo apartamento seguro que alquilaron (a nombre de ella, para que se sintiera independiente).

—Es un niño —dijo el médico en una de las consultas.

Sebastián miró la pantalla del ultrasonido, maravillado por el pequeño corazón latiendo. No era su sangre. Biológicamente, ese niño era un extraño. Pero espiritualmente, Sebastián sentía que ese niño le estaba salvando la vida.

La prueba de fuego llegó una madrugada de tormenta. El teléfono de Sebastián sonó a las 3:00 AM. —¡Sebastián! ¡Es hora! —gritó Isabela al otro lado de la línea.

Él saltó de la cama, con el corazón martilleando. Condujo bajo la lluvia torrencial, llegó al apartamento, la cargó en brazos bajando las escaleras porque el ascensor estaba en mantenimiento, y condujo al hospital como si llevara la carga más preciosa del universo.

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