En la sala de parto, las horas se hicieron eternas. Isabela gritaba de dolor, apretando la mano de Sebastián hasta dejarle marcas. Él le secaba el sudor, le susurraba que era valiente, que podía hacerlo. No había ni rastro del ejecutivo arrogante. Solo había un hombre asustado y entregado, sirviendo de ancla para la mujer que sufría.
Cuando el llanto del bebé rompió el aire, Sebastián lloró. Lloró abiertamente, sin vergüenza, delante de los médicos y las enfermeras.
La enfermera limpió al bebé y lo envolvió en una manta. —¿Papá quiere cargarlo? —preguntó, asumiendo lo obvio.
Sebastián dudó un segundo. Miró a Isabela, buscando permiso. Ella, agotada pero con una sonrisa débil, asintió.
Sebastián tomó el pequeño bulto en sus brazos. Pesaba tan poco, pero se sentía tan inmenso. El bebé abrió los ojos, unos ojos oscuros e inquisitivos, y su pequeña mano se cerró instintivamente alrededor del dedo meñique de Sebastián.
—Hola, Mateo —susurró Sebastián, usando el nombre que habían elegido juntos—. Soy… soy yo. Te prometo que nunca te faltará nada. Te prometo que voy a estar aquí para enseñarte a andar en bicicleta, para tus tareas de matemáticas, para tus desamores. No tengo tu sangre, pero te doy mi vida.
Seis meses después.
La sala de juntas de “Mendoza Enterprises” estaba llena. Los inversores miraban el reloj, impacientes. Era la reunión más importante del año. Sebastián debía presentar los resultados trimestrales.
Pero la silla del presidente estaba vacía.
En ese mismo momento, al otro lado de la ciudad, en un parque lleno de sol, un hombre estaba sentado en el césped. Llevaba jeans y una camiseta simple. Estaba sosteniendo a un bebé de seis meses que reía a carcajadas mientras intentaba atrapar pompas de jabón.
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