“Papá estaría orgulloso de nosotras”, dijo Iris entre respiraciones jadeantes, aferrándose firmemente a las manos de sus hermanas. “Estamos manteniendo nuestra promesa, ¿verdad?” Doblaron una esquina y después otra, alejándose del hospital con cada paso. El plan improbable estaba funcionando, al menos por ahora, pero la libertad recién conquistada traía sus propios desafíos. El cielo, que antes estaba despejado, comenzaba a cerrarse con nubes oscuras y pesadas. El viento aumentaba trayendo consigo el olor inconfundible de lluvia inminente. Las trillizas sabían que necesitaban encontrar refugio pronto antes de que la tormenta las alcanzara.
“Está haciendo frío”, observó Laya sintiendo a Iris temblar levemente a su lado. “Tenemos que llegar al parque antes de la lluvia.” Sin embargo, la distancia que parecía corta cuando la recorrían de la mano con su padre ahora se revelaba mucho más larga para sus piernas cansadas. Las calles se volvían menos familiares a medida que avanzaban, los puntos de referencia confundiéndose en la oscuridad creciente. Isabel, normalmente confiada en su orientación, comenzaba a dudar si estaban en el camino correcto.
El miedo de estar perdidas se sumaba al agotamiento físico y emocional de aquel día terrible. Creo que deberíamos haber girado en la última calle”, admitió Isabel deteniéndose momentáneamente para intentar orientarse. Todo parece diferente de noche. A lo lejos, el sonido de sirenas comenzó a resonar por la ciudad. No eran las sirenas comunes de ambulancias o coches de policía atendiendo emergencias rutinarias. Había una cadencia diferente, más lenta y metódica, que las niñas instintivamente asociaron a la búsqueda de ellas.
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