Cuando Julián abrió la puerta de la cocina, lo primero que sintió no fue sorpresa, sino un golpe silencioso en el pecho. Era casi medianoche y la casa —esa casa enorme que siempre olía a perfume caro y a muebles recién pulidos— estaba inmóvil, como si contuviera la respiración.
Él había vuelto antes de lo planeado. La cena de negocios terminó rápido, y en el camino de regreso se dijo que sería bueno entrar sin avisar, sin encender luces, sin despertar a nadie. Entró por el garaje, dejó las llaves en la mesita, se quitó los zapatos y caminó descalzo por el pasillo con la idea simple de servirse un vaso de agua.
Encendió la luz de la cocina… y se detuvo en seco.
Ahí, en el suelo, pegada a la pared como una sombra que no debía existir, estaba Clara. Su empleada doméstica. Tenía los ojos rojos, la cara manchada de lágrimas y un plato pequeño con arroz y frijoles fríos. No usaba cubiertos. Comía con una tortilla doblada, con movimientos cortos, como si se apurara a desaparecer antes de ser vista.

Julián sintió una punzada extraña: la imagen no era “una mujer cenando”, era una mujer escondiéndose para comer. Como si una silla fuera un lujo que no merecía.
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