UN MILLONARIO SORPRENDE A SU EMPLEADA ESCONDIÉNDOSE PARA COMER SOBRAS DE COMIDA… Y TODO CAMBIA
—Yo solo vine a trabajar.
Renata se fue, dando un portazo, pero no se rindió. Volvió días después a gritos, a amenazas. Julián le cerró la puerta, esta vez sin miedo. Y por primera vez, la casa quedó en un silencio distinto: no el silencio del terror, sino el silencio del fin.
Julián y Clara hablaron como nunca. Ella le contó lo que se había callado, lo que había soportado por Emiliano. Él le dijo la verdad: que se había enamorado de su forma de existir, de la calma que traía a un lugar lleno de apariencias. Clara lloró, no de alegría perfecta, sino de alivio.
—Amar se vuelve un acto de valentía —dijo ella— cuando una ha sido herida tantas veces.
Él le besó la frente con respeto, como quien promete sin decirlo.
Los días siguientes fueron extrañamente simples: café por la mañana, ventanas abiertas, música bajita, la posibilidad pequeña de sentarse cinco minutos sin sentir culpa. Julián le compró unos zapatos cómodos porque notó los suyos gastados. La invitó a una exposición de arquitectura pensando en Emiliano. Rieron en una banca comiendo elotes, como dos personas que, de pronto, se permitían respirar.
Y entonces, cuando parecía que el peor capítulo había terminado, la puerta lateral del jardín quedó entreabierta una tarde.
Clara entró y sintió un frío en el estómago. En la sala estaba Renata, deshecha, ojerosa, con una maleta abierta al lado. Ya no era la mujer impecable de las fotos; era una versión quebrada, sin maquillaje que sostuviera el orgullo.
—Necesito hablar contigo —dijo Renata, sin fuerza para fingir superioridad.
—Cinco minutos —aceptó Clara, sin acercarse demasiado.
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