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Renata sacó un sobre blanco.

—Encontré esto en el cajón del estudio… hace tiempo. Iba a destruirlo, pero… no pude.

Clara abrió el sobre. Era una carta escrita a mano, con la letra de Julián, fechada de más de un año atrás.

“A veces me dan ganas de decirte todo lo que siento… que cuando entras a la cocina llega la calma, que tu voz me da paz… pero no puedo. Sería abusar de mi lugar. Así que lo escribo aquí, donde nadie lo verá… aunque nunca lo sepas: tú me salvaste. Gracias por existir.”

Las manos de Clara empezaron a temblar. Sintió que el suelo se movía. Volteó a mirar a Renata sin entender.

—¿Por qué me das esto?

Renata tragó saliva. Los ojos se le llenaron de agua.

—Porque necesitaba decir la verdad… Yo te odiaba porque él te amaba. Lo supe desde el principio. Y en vez de aceptarlo, me volví cruel. Te hice pagar por algo que no era tu culpa.

Renata tomó la maleta, dio un paso hacia la puerta… y antes de irse soltó una última verdad, como un cuchillo.

—Y una cosa más… ese día que te quemaste… no fue accidente. Yo dejé el mango mal acomodado. No te empujé, pero… lo hice con coraje. Y cuando gritaste… me asusté. Me odié. Pero me hice la tonta.

Clara se quedó paralizada, sin voz. Renata salió por última vez, sin insultos, sin teatro. Solo con la verdad dejando sangre en el aire.

Minutos después, Julián llegó. Vio a Clara pálida, con la carta en la mano, y corrió hacia ella.

—¿Qué pasó? ¿Te hizo algo?

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