UN MILLONARIO SORPRENDE A SU EMPLEADA ESCONDIÉNDOSE PARA COMER SOBRAS DE COMIDA… Y TODO CAMBIA

Clara se sobresaltó al verlo. Se puso de pie de inmediato, tan rápido que el plato tembló en sus manos.

—Perdón, señor… no sabía que iba a llegar tan pronto —murmuró, bajando la mirada, y se limpió la cara con la manga como si pudiera borrar el llanto.

Julián se acercó con el ceño fruncido, confundido, inquieto.

—Clara… ¿por qué estás comiendo en el suelo? ¿Por qué estás llorando?

Ella apretó los labios. Negó con la cabeza sin mirarlo.

—No es nada. Me dolió un poquito la cabeza. No quería preocupar a nadie… Estaba descansando antes de terminar de limpiar.

Pero esa voz, quebrada por dentro, no era una voz de “dolor de cabeza”. Julián la conocía: Clara siempre había sido seria, puntual, discreta. En dos años jamás la había visto así. Y verla ahí abajo —en el suelo, con lágrimas y sobras frías— le hizo sentir, por primera vez en mucho tiempo, que había algo podrido detrás de la perfección de su casa.

—No te creo —dijo él, sin dureza, pero sin poder fingir normalidad—. Dime qué pasó. ¿Alguien te trató mal?

Clara giró hacia el fregadero como si no lo hubiera escuchado. Se lavó las manos, acomodó el mandil.

—Discúlpeme. Ya estaba por terminar.

Julián dudó. Quiso insistir. Quiso romper ese silencio con una pregunta directa, pero algo lo detuvo: el miedo a ponerla en una situación peor. Solo pudo decir, antes de salir de la cocina:

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