UN MILLONARIO SORPRENDE A SU EMPLEADA ESCONDIÉNDOSE PARA COMER SOBRAS DE COMIDA… Y TODO CAMBIA
—¿Y tú le dijiste algo?
Renata alzó las cejas, como si la pregunta fuera ridícula.
—Solo que se apurara, porque tenía hambre.
Julián no respondió. Se metió a bañar, pero el agua no se llevó nada: ni la imagen de Clara en el suelo, ni la sensación de que había una herida abierta en su casa que él no había querido ver.
Esa noche, mientras Renata dormía, Clara estaba en su cuarto de servicio, sentada al borde de la cama sin prender la luz. Se abrazó a sí misma, apretó los dientes, y las palabras de la tarde le golpearon la memoria como una bofetada.
“Eres la empleada. No eres parte de esta casa. No te sientes donde se sienta la familia”.
Renata se lo había dicho con una sonrisa fría, bloqueándole el paso, obligándola a subir con el plato a su habitación. Clara había tragado el llanto. No por orgullo, sino por necesidad. Emiliano, su hijo, dependía de ese sueldo. La renta, la comida, los útiles, los zapatos gastados… todo dependía de que ella aguantara.
A la mañana siguiente, la casa olía a café y a una vida que no era la de Clara. Renata bajó con bata de seda, lentes de sol puestos aunque apenas eran las siete, y se sentó a tomar fotos para redes: el jugo, las flores, la taza, su “mañana perfecta”.
Julián bajó después, impecable, reloj caro, mirada de hombre seguro. Le dio un beso en la frente a Renata y saludó a Clara con una sonrisa.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
