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—Buenos días.

—Buenos días —respondió ella, sin levantar del todo la vista.

Julián notó el tono apagado. Algo se le quedó atorado en la garganta, pero no dijo nada. La rutina lo empujó: reuniones, correos, eventos. Y Clara, como siempre, se movía por la cocina con el cuerpo en automático y el corazón apretado.

Ese mismo día, Julián empezó a mirar distinto. No fue un momento heroico ni una revelación dramática. Fue más bien una incomodidad constante. Se dio cuenta de algo que antes había ignorado: cada vez que Renata aparecía, Clara se encogía. No era respeto; era miedo.

Y un jueves por la tarde, mientras revisaba la iluminación del jardín con Mateo, el jardinero de toda la vida, Julián preguntó en voz baja:

—Oye, Mateo… ¿has notado algo raro con Clara últimamente?

Mateo dudó, como quien sabe que meterse en asuntos ajenos puede costar el trabajo.

—Patrón… si le soy sincero… doña Renata le habla feo —soltó al fin—. Como si no valiera nada. No siempre, pero sí varias veces. Una vez hasta le gritó por el vino… y Clara ni contestó, nomás se fue.

La culpa le cayó a Julián como una piedra. No era casualidad lo que vio aquella noche. Era la punta de un iceberg que él había permitido por no querer “problemas”.

Esa misma tarde, lo escuchó con sus propios oídos: Renata ordenándole a Clara que le sostuviera una lámpara para una foto, subiendo la voz, burlándose.

—Ay, Clara, por Dios… no puedes hacer nada bien.

Julián se quedó en las escaleras. No entró. No hizo un escándalo. Pero algo dentro de él se quebró.

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