UN MILLONARIO SORPRENDE A SU EMPLEADA ESCONDIÉNDOSE PARA COMER SOBRAS DE COMIDA… Y TODO CAMBIA
Luego vino la visita de su madre, doña Teresa, una mujer seria y directa, de esas que miran y entienden sin que les expliquen. Durante la cena, Renata soltó un comentario sobre Oaxaca, “una casa de campesinos” y “lo que para ellos es comida”. Doña Teresa no sonrió.
—¿Gracioso para quién? —preguntó, y el silencio se sentó en la mesa como un invitado incómodo.
Más tarde, en la cocina, cuando Clara lavaba platos, doña Teresa se acercó y le habló bajo, con una delicadeza que casi dolía.
—Sé que aquí no siempre te tratan como mereces, hija… y eso no está bien. Si algún día necesitas hablar, puedes contar conmigo.
Clara sintió un nudo en la garganta. No porque fuera una promesa de dinero o un “favor”, sino porque alguien, por fin, la estaba viendo como persona.
El domingo, el estallido llegó. Julián enfrentó a Renata por su actitud. Renata se rió, se defendió, y terminó soltando veneno con naturalidad:
—¿Respeto a quién? ¿A Clara?
Julián se levantó de golpe.
—Sí, también a Clara. No me gusta cómo la tratas.
Renata, herida en el orgullo, disparó lo que de verdad pensaba:
—Ahora resulta que todo gira alrededor de la empleada… ¿Qué sigue? ¿Te está haciendo ojitos y yo no me doy cuenta?
Clara, en la cocina, escuchó sin querer. Sintió vergüenza, rabia, un miedo antiguo que le subió por la espalda. Y cuando Renata la vio, la señaló con desprecio:
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