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—¡Ya basta! —tronó su voz, y el salón se quedó congelado—. Esta es mi casa. Y no voy a permitir que se burlen de Clara. Ni tú ni nadie.

Renata lo miró como si no lo reconociera. Esa noche, arriba, Julián la enfrentó sin vueltas.

—Esto ya no funciona. No quiero seguir contigo.

Renata intentó pelear, manipular, herir. Y cuando lo acusó de “tirarse al piso por una sirvienta”, Julián apretó los puños.

—No la vuelvas a llamar así.

El silencio lo dijo todo. Renata entendió que estaba perdiendo. Bajó las escaleras como una reina herida, se detuvo frente a Clara y le escupió una frase con veneno:

—¿Estás feliz ahora? Eso era lo que querías, ¿no?

Clara negó con la cabeza, temblando.

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