Un millonario sorprende a sus trillizos llorando, intentando abrir la puerta para la niñera encerrada por la madrastra.

Casi se atragantó.

—¿Por qué dices eso?

—Porque la miras como en las fotos mirabas a mamá —respondió el niño, con lógica impecable.

Marina se puso roja. Júlia intervino:

—A mí me gusta que Ina se quede para siempre.

—Podemos tener dos mamás —decidió Pedro, muy serio—. Una que está en el cielo y otra que vive aquí.

Rodrigo y Marina se miraron por encima de sus cabezas… y rieron, por primera vez sin peso en el pecho.

Los meses pasaron. Rodrigo empezó a trabajar menos, a delegar más. Estaba en casa para la cena, para las historias, para las risas y los berrinches. Marina seguía en terapia, reconstruyéndose. Lo que sentían el uno por el otro se fue transformando, despacio, en algo firme. No hubo un beso de película bajo la lluvia, sino mil momentos pequeños hasta que un día, en la cocina, después de acostar a los niños, él tomó su rostro entre las manos y la besó. Ella no se apartó.

Seis meses después de la noche del encierro, Rodrigo organizó una escapada a la playa. Al atardecer del último día, con los niños corriendo alrededor y el mar de fondo, se arrodilló en la arena, sin anillo ostentoso, sin invitados importantes, y le preguntó:

—¿Quieres construir una familia de verdad con nosotros?

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