Un millonario sorprende a sus trillizos llorando, intentando abrir la puerta para la niñera encerrada por la madrastra.

Marina dijo que sí, llorando y riendo al mismo tiempo, con los tres niños saltando y gritando que ahora Ina iba a ser “mamá Ina”.

La boda fue sencilla y hermosa, en aquella misma playa. Los trigemelos llevaron flores y arrastraron sus pequeños pies en la arena, riendo. Marina usó un vestido blanco simple, Rodrigo lloró al verla caminar hacia él.

Cuatro meses después, Marina descubrió que estaba embarazada. El miedo vino como una ola. Recordó el bebé que había perdido, el parto silencioso, la cuna vacía. Pero esta vez no estaba sola. Rodrigo la acompañó a cada consulta, le sostuvo la mano en cada ecografía, le secó cada lágrima cuando el pánico la inundaba.

En la semana 32, la presión empezó a subir. Diagnóstico: preeclampsia. La obstetra fue clara:
—Vamos a tener que inducir el parto en la semana 34. Es lo mejor para las dos.

Marina pasó una noche llorando, temblando como aquella vez. Rodrigo la abrazó fuerte.

—Esta vez va a ser diferente. Y aunque tengamos miedo, no estás sola. Nunca más.

El parto fue intenso. El llanto del bebé cuando por fin sonó en la sala fue agudo, un poco débil, pero real. Marina se derrumbó en sollozos de alivio.

—Es niña —anunció la médica—. Pequeña, pero una guerrera.

Pesaba apenas un kilo y cien gramos. Fue directo a la UCI neonatal. Los días siguientes fueron una montaña rusa de noticias buenas y malas, leves infecciones, pulmones esforzándose por respirar. Pero la pequeña resistió. Cuarenta días después, con dos kilos, recibió el alta. La llamaron Clara, porque había llegado como una luz después de tanta oscuridad.

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