Un millonario sorprende a sus trillizos llorando, intentando abrir la puerta para la niñera encerrada por la madrastra.

Cuando la llevaron a casa, los trigemelos, ya de cuatro años, se acercaron en silencio al moisés.

—Es tan chiquitita… —susurró Júlia.

—Ustedes eran aún más pequeños cuando nacieron —dijo Marina, sonriendo, dejando que miraran.

—¿Es nuestra hermana de verdad? —preguntó Pedro.

—Sí —respondió Rodrigo—. Hermana de sangre. Pero todos ustedes son mis hijos, igual.

Lucas, el mayor, tocó con cuidado la manito de la bebé.

—Voy a cuidar de ella —prometió—. Como cuidé de mis hermanos aquella noche.

Marina sintió que el corazón se le llenaba de orgullo y ternura.

Los años empezaron a pasar en una sucesión de escenas simples: tareas escolares, cumpleaños, gripas, risas, peleas tontas, reconciliaciones. Clara creció fuerte; los trigemelos se hicieron más altos, más ruidosos y más ellos mismos. Había días caóticos, con juguetes por todo lado y salsa de tomate en la pared, y noches silenciosas de película en el sofá, todos amontonados bajo la misma manta. Una familia de verdad.

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