—Tú eres el corazón de esta casa, Marina —contestó Rodrigo, mirándola a los ojos—. Lo fuiste desde el primer día, aunque yo tardara en entenderlo.
Las lágrimas le llenaron los ojos, pero eran lágrimas distintas a las de otros años. No de miedo, sino de plenitud.
—Mamá está llorando —anunció Clara, viéndolos desde el suelo.
En segundos, las cuatro criaturas se levantaron y corrieron a abrazarla.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Lucas.
—No pasa nada —dijo Marina, riendo entre lágrimas—. A veces lloramos porque estamos muy, muy felices.
—Es raro —decidió Pedro.
—Es raro, pero es verdad —contestó ella.
Esa noche, cuando todos se durmieron, Marina hizo su vieja ronda inventada. Entró en el cuarto de los trigemelos, subió cobertores, acomodó muñecos. Luego fue al de Clara, que dormía enroscada, el pelo oscuro desparramado en la almohada. Le acarició la frente.
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