Un millonario sorprende a sus trillizos llorando, intentando abrir la puerta para la niñera encerrada por la madrastra.

—Fuiste muy valiente, campeón. Muy valiente.

Llamó al pediatra de emergencia, dejó a los niños un momento y subió al tercer piso. Desde el pasillo, ya oía la respiración agitada de Marina detrás de la puerta.

—¡Marina, apártate! —gritó.

Retrocedió y embistió con el hombro. La madera resistió. Lo intentó de nuevo. A la tercera, la cerradura cedió con un estruendo.

Marina estaba de pie, pálida, con las manos ensangrentadas de tanto golpear la puerta. Se miraron un segundo eterno antes de que ella saliera disparada escaleras abajo, en dirección al cuarto de los niños. Rodrigo la siguió.

Cuando ella entró, los trigemelos gritaron:

—¡Ina!

Se le lanzaron encima, los tres a la vez. Marina cayó de rodillas y los abrazó con tanta fuerza que casi los hundió contra su pecho.

—Estoy aquí… estoy aquí… —repetía, como una oración.

Rodrigo se quedó en la puerta, observando. En ese instante, viéndola allí, con las manos heridas, los ojos llenos de lágrimas y los niños pegados a ella como náufragos a una roca, entendió algo que debería haber visto hacía mucho tiempo: esa mujer no era solo la niñera. Era el corazón de su familia. Y alguien había intentado arrancarla de ellos de la forma más cruel.

El pediatra llegó cuarenta minutos después, limpió el corte de Pedro, puso un adhesivo especial y recomendó terapia para los niños… y para Marina. Cuando se fue, ya era casi la una de la madrugada. Los trigemelos dormían por fin, amontonados en la cama de Lucas, con Marina en medio, como cuando eran bebés.

Rodrigo la convenció de bajar a la cocina. Ella temblaba. Él preparó té, desinfectó con cuidado los nudillos partidos.

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