Un millonario sorprende a sus trillizos llorando, intentando abrir la puerta para la niñera encerrada por la madrastra.
—Cuéntame todo —pidió.
Marina relató desde los primeros gritos hasta la improvisación de primeros auxilios a través de la puerta. Rodrigo escuchó, en silencio, mientras dentro de él la rabia se mezclaba con culpa.
—Fue Isabela —dijo al final, sin titubear—. Lucas la vio.
Abrió la app de las cámaras de seguridad. Las imágenes no mentían: Isabela subiendo con la llave, cerrando la puerta de Marina, entrando luego al cuarto de los niños, el momento de la caída de Pedro, su fuga desesperada.
Rodrigo llamó una, dos, diez veces. Isabela no atendió. A las tres de la mañana, ella devolvió la llamada con voz forzada:
—Hola, amor, estaba con unas amigas, mi batería…
—Vuelve a la casa. Ahora —su tono era frío, peligrosamente calmo.
Ella llegó cuarenta y cinco minutos después. Marina se quedó en la cocina, pero escuchaba todo desde allí.
—Rodrigo, yo puedo explicar…
—Trancaste a Marina en su cuarto —la cortó él. No era una pregunta—. Quitaste su teléfono. Sabías que el fijo no funcionaba. Dejaste solos a tres niños de tres años. Uno se lastimó. Sangró. ¿Y tú qué hiciste, Isabela? ¡Huiste!
Isabela empezó a llorar, intentando desesperadamente convertir todo en un drama sobre sí misma: su miedo, su dolor, su infertilidad, su sensación de ser siempre la “segunda”. Él levantó la mano.
—Deja de hacerlo sobre ti. Pusiste en riesgo a mis hijos. Encerraste a una mujer inocente. Eso es delito. Y es imperdonable.
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