Un millonario sorprende a sus trillizos llorando, intentando abrir la puerta para la niñera encerrada por la madrastra.

Abrió la puerta de la sala.

—Lárgate. Y no vuelvas nunca más. Antes de que llame a la policía y entregue las grabaciones.

Ella lo miró, comprendiendo que no había vuelta atrás. Murmuró un “lo siento” que ya no cambiaba nada y se fue.

Cuando la puerta se cerró, Rodrigo volvió a la cocina. Marina estaba sentada, con el té frío entre las manos.

—Se acabó —dijo él—. No va a volver.

Ella solo asintió. El silencio que siguió fue el de dos sobrevivientes después de una tormenta.

En las semanas siguientes, la casa comenzó a adaptarse a un nuevo normal. Rodrigo mandó quitar todas las cerraduras que se podían cerrar desde fuera, reconectó teléfonos, instaló intercomunicadores en los cuartos. Los niños empezaron terapia con una psicóloga infantil dulce, que los ayudaba a poner nombre a los miedos. Marina también inició tratamiento, no solo por aquella noche, sino por el duelo antiguo del bebé que había perdido.

Isabela desapareció de sus vidas. Rodrigo, sin embargo, no conseguía sacarse de la cabeza los detalles que había ignorado. Dos semanas después, encontró a Marina en el jardín, sentada en un banco mientras los niños jugaban con burbujas de jabón.

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