El sonido del despertador esa mañana no fue el habitual chirrido molesto que anunciaba otra jornada de catorce horas de trabajo; hoy sonaba como una campana de esperanza. Marcela se levantó de su cama estrecha, en aquel cuarto diminuto que alquilaba en las afueras de Los Ángeles, donde las paredes eran tan finas que se escuchaban los suspiros de los vecinos. Pero nada de eso importaba hoy. Hoy era el día. Después de meses de soledad, de sentirse invisible en una ciudad que devoraba sueños, iba a tener una cita. Y no con cualquiera, sino con Diego, un chico que había conocido en línea y que, por sus mensajes, parecía ser ese príncipe azul moderno que ella, en el fondo de su corazón cansado, todavía anhelaba encontrar.

Mientras se duchaba, el agua tibia apenas lograba calmar el temblor de sus manos. Marcela trabajaba como empleada doméstica en la mansión del señor Gustavo Castillo, un magnate de las finanzas conocido tanto por su fortuna como por su frialdad. Para Marcela, su vida era una rutina de limpiar mármoles que nunca pisaría como dueña, sacudir el polvo de libros que no tenía tiempo de leer y servir cenas a invitados que ni siquiera notaban su presencia. Pero Diego le había prometido algo diferente. “Quiero conocerte a ti”, le había escrito. “Te llevaré al mejor lugar de la ciudad”. Esa promesa brillaba en su mente más que los candelabros de la mansión Castillo.
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