UN MILLONARIO VE A SU CRIADA HUMILLADA EN UNA CITA A CIEGAS CON SOLO $5 DÓLARES… Y SU VIDA CAMBIA…/HXL

La preparación fue un ritual de magia humilde. Su mejor amiga, Fernanda, llegó con un vestido azul marino rescatado de una tienda de segunda mano, pero que, con unos cuantos arreglos caseros, lucía decente. “Te ves hermosa, Marce”, le dijo Fernanda, acomodándole un mechón de cabello rebelde. Marcela se miró en el espejo manchado. Por primera vez en mucho tiempo, no vio a la empleada, ni a la inmigrante que contaba cada centavo; vio a una mujer joven, llena de vida, con unos ojos oscuros que guardaban galaxias de historias no contadas. Abrió su monedero y acarició el billete de cinco dólares que había guardado allí. Era todo lo que le quedaba después de pagar el alquiler y enviar dinero a su madre en México. Sabía que Diego iba a invitar, pero su orgullo le impedía salir sin un centavo. Esos cinco dólares eran su escudo, su pequeña red de seguridad en un mundo de acróbatas financieros.

El viaje hacia el restaurante “La Rosa Dorada” fue una odisea de nervios. Su viejo automóvil tosía y vibraba, contrastando violentamente con los vehículos de lujo que se deslizaban por las avenidas de Beverly Hills. Al llegar, el valet parking la miró con una mezcla de desdén y confusión, como si ella hubiera equivocado la dirección del servicio de entregas. Marcela, tragándose la vergüenza, le entregó las llaves con la cabeza alta. “Por favor, cuídelo”, susurró, sintiendo el calor subir a sus mejillas. Al cruzar las puertas giratorias del restaurante, el aire cambió. Olía a dinero, a perfumes importados, a flores frescas y a éxito. Se sintió pequeña, una intrusa en un templo dorado, pero la imagen de Diego esperándola le dio fuerzas para avanzar hacia el podio del anfitrión.

El maitre, un hombre con la nariz tan respingada que parecía oler siempre algo desagradable, revisó la lista de reservas con parsimonia exagerada. Finalmente, la condujo a una mesa. No era una mesa cualquiera; estaba junto al ventanal, ofreciendo una panorámica de la ciudad iluminada que robaba el aliento. Marcela se sentó, alisando nerviosamente su vestido azul sobre las rodillas. Eran las ocho en punto. La hora acordada.

Los primeros diez minutos pasaron con la rapidez de la anticipación. Marcela observaba la entrada, cada vez que la puerta giraba, su corazón daba un salto. Pero Diego no aparecía. A las ocho y veinte, la anticipación comenzó a agriarse, convirtiéndose en ansiedad. El camarero se acercó, ofreciéndole agua con una sonrisa profesional que no llegaba a los ojos. “Estoy esperando a alguien, gracias”, respondió ella, su voz temblando ligeramente. A las ocho y cuarenta, la ansiedad dio paso al miedo. ¿Le habría pasado algo? ¿Un accidente? ¿Tráfico? Miró a su alrededor. Las otras mesas estaban llenas de parejas que se tomaban de la mano, grupos de amigos riendo, ejecutivos cerrando tratos. Ella era la única isla desierta en ese océano de compañía.

El reloj marcó las nueve. Una hora. Una hora sentada sola frente a un vaso de agua, con cinco dólares en el bolso y un vestido prestado. La humillación comenzaba a arderle en la piel como una quemadura solar. Fue entonces cuando su teléfono vibró sobre la mesa de mantel blanco impoluto. El nombre de Diego iluminó la pantalla. Marcela sintió un alivio tan intenso que casi le dolió el pecho. Agarró el teléfono, esperando una disculpa, una explicación rocambolesca sobre un neumático pinchado.

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