UN MILLONARIO VE A SU CRIADA HUMILLADA EN UNA CITA A CIEGAS CON SOLO $5 DÓLARES… Y SU VIDA CAMBIA…/HXL

Pero el mensaje era breve. Brutal. Definitivo.

“Te vi entrar. Lo siento, pero no puedo hacer esto. Pensé que serías diferente, pero se nota a leguas que no perteneces aquí. No puedo salir con alguien que se ve tan… necesitada. Una chica como tú no encaja en mi mundo. No pierdas tu tiempo esperándome”.

El mundo se detuvo. El ruido del restaurante, el tintineo de las copas, las risas suaves, todo se desvaneció en un zumbido sordo. Marcela leyó las palabras una y otra vez, tratando de entender cómo alguien podía ser tan cruel sin siquiera dar la cara. “Una chica como tú”. La frase resonaba en su cabeza, golpeando todas sus inseguridades. Se sintió desnuda, expuesta. Sintió que todos en el restaurante sabían lo que acababa de pasar, que todas las miradas estaban clavadas en la “sirvienta” que intentó jugar a ser princesa. Las lágrimas, calientes y pesadas, comenzaron a rodar por sus mejillas, arruinando el maquillaje que Fernanda le había aplicado con tanto cariño. Quiso levantarse y correr, pero sus piernas no respondían. Estaba paralizada por el dolor, anclada a esa silla de terciopelo que ahora sentía como una trampa.

Lo que Marcela no sabía era que no estaba del todo sola.

En una mesa discreta, en un rincón en penumbra, Gustavo Castillo había estado observando la escena. Había llegado temprano, buscando refugio en su restaurante favorito para escapar del silencio sepulcral de su propia casa. Al principio, cuando vio entrar a la mujer del vestido azul, le pareció vagamente familiar. Le tomó unos minutos reconocerla fuera de su uniforme gris y su cabello recogido en un moño severo. Era Marcela. Su Marcela. La mujer que conocía sus horarios mejor que él mismo, la que dejaba un vaso de agua en su mesita de noche, la que cuidaba su hogar con una dedicación que él daba por sentada.

Gustavo la vio esperar. Vio cómo su postura, inicialmente erguida y esperanzada, se iba desmoronando minuto a minuto. Vio cómo revisaba su teléfono, cómo miraba la puerta, cómo jugaba nerviosamente con la servilleta. Y vio el momento exacto en que su corazón se rompió al leer ese mensaje. Pudo ver el temblor de sus hombros, la forma en que bajó la cabeza tratando de esconder sus lágrimas. Y algo dentro de Gustavo, algo que llevaba años dormido bajo capas de cinismo y negocios, despertó con un rugido. Una furia protectora lo invadió. ¿Quién se creía ese imbécil para dejar plantada a una mujer así? ¿Quién tenía el derecho de hacer llorar a la persona más dulce y trabajadora que él conocía?

Sin pensarlo, sin consultar a su lógica empresarial, Gustavo se levantó. Dejó su copa de vino a medio terminar y cruzó el salón con pasos largos y decididos.

Marcela estaba buscando a ciegas en su bolso, tratando de encontrar el valor para levantarse e irse, cuando una sombra se proyectó sobre su mesa.

—¿Marcela? —La voz era grave, familiar, pero cargada de una suavidad que ella nunca había escuchado en esa casa enorme.

Ella levantó la vista, y el horror la invadió. Allí estaba su jefe. El señor Castillo. Impecable en su traje a medida, mirándola con sus penetrantes ojos grises. Era la humillación final. Que su jefe la viera así, destrozada, abandonada, pobre.

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