Esa cena fue el comienzo de todo. Al principio, Marcela estaba tensa, temerosa de usar el tenedor equivocado o de decir algo inapropiado. Pero Gustavo, con una habilidad que ella desconocía, la fue guiando, haciéndola reír, preguntándole sobre su vida, sus gustos, sus sueños. Y Marcela habló. Habló de los campos de flores en su pueblo natal, de cómo aprendió a cocinar con su abuela, de su pasión por la botánica que tenía que reprimir para limpiar pisos. Gustavo escuchaba fascinado. Acostumbrado a mujeres que hablaban de joyas, viajes y chismes de sociedad, la autenticidad de Marcela era como agua fresca en un desierto.
Él también se abrió. Le confesó lo cansado que estaba de la hipocresía de su mundo, lo solo que se sentía en esa mansión gigante, lo mucho que envidiaba la capacidad de ella para sonreír a pesar de las dificultades.
—¿Sabes? —le dijo él mientras compartían el postre, un volcán de chocolate que Marcela comía con deleite infantil—. Llevamos tres años bajo el mismo techo y siento que te acabo de conocer hoy. He sido un tonto por no mirar antes.
—Quizás solo hacía falta el momento correcto —respondió ella, con una timidez que ahora estaba teñida de coquetería—. O el vestido correcto.
Ambos rieron, y en esa risa compartida, algo cambió para siempre. La barrera invisible se había roto.
La noche terminó con Gustavo llevándola a su coche destartalado en el parking. El valet los miró sorprendido al ver al magnate abrirle la puerta del viejo sedán a la chica.
—Gracias, Gustavo —dijo Marcela, mirándolo a través de la ventanilla bajada. Sus ojos brillaban, ya no de lágrimas, sino de estrellas—. Me has salvado la noche.
—Creo que tú has salvado la mía, Marcela —respondió él, y se quedó allí, de pie en la acera, viéndola alejarse hasta que las luces traseras desaparecieron en la noche.
Los días siguientes en la mansión fueron una danza delicada y dulce. Ya no eran el patrón y la sirvienta; eran dos cómplices compartiendo un secreto. Gustavo dejaba notas en la cocina agradeciendo el café. Marcela dejaba una flor del jardín en su escritorio. Las miradas se cruzaban en los pasillos y se sostenían un segundo más de lo necesario, cargadas de electricidad estática.
Pero como en toda buena historia, la felicidad atrae la envidia. Gustavo, decidido a no esconder lo que sentía, invitó a Marcela a una cena de gala de su empresa. Quería presentarla, no como su empleada, sino como su pareja. Marcela, aterrorizada, intentó negarse.
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