—No pertenezco a ese mundo, Gustavo —le suplicó días antes, mientras él le mostraba un vestido de seda color esmeralda que había comprado para ella—. Se reirán de mí. Se reirán de ti. Dirán que estás loco por salir con la chica de la limpieza.
—Que digan lo que quieran —respondió él con firmeza, tomándola de las manos—. Tú vales más que todos ellos juntos. Tu dignidad, tu fuerza, tu bondad… eso no se compra, Marcela. Y eso es lo que yo amo.
La palabra “amo” quedó flotando en el aire, pesada y maravillosa. Marcela aceptó ir.
La noche de la gala fue una prueba de fuego. Al entrar al salón de baile del brazo de Gustavo Castillo, el murmullo fue instantáneo. Las miradas escrutadoras de las damas de alta sociedad recorrieron a Marcela de arriba abajo, buscando el fallo, la costura suelta, el gesto vulgar. Pero no encontraron nada de eso. Encontraron a una mujer que caminaba con la cabeza alta, radiante en su vestido esmeralda, aferrada al brazo del hombre que la miraba como si fuera la única persona en el mundo.
Sin embargo, el veneno no tardó en llegar. Durante el cóctel, una mujer, la esposa de un socio de Gustavo, se acercó con una copa de champán y una sonrisa afilada como un bisturí.
—Vaya, Gustavo, no nos has presentado a tu nueva… amiga —dijo, arrastrando las palabras con malicia—. ¿A qué te dedicas, querida? No recuerdo haberte visto en el club de campo. ¿Eres modelo? ¿Heredera?
El silencio alrededor se hizo denso. Marcela sintió cómo el pánico le subía por la garganta. Podía mentir. Podía inventarse una vida. Pero miró a Gustavo, que estaba tenso a su lado, listo para defenderla, y recordó quién era ella. Recordó a su abuela, recordó su trabajo honesto, recordó los cinco dólares que guardaba como amuleto.
—No, señora —dijo Marcela con voz clara y serena, mirándola a los ojos—. No soy modelo ni heredera. Soy empleada doméstica. Trabajo cuidando la casa de Gustavo. Me gano la vida limpiando y ordenando con mis propias manos, y estoy muy orgullosa de ello.
El silencio se transformó en estupor. Nadie esperaba esa verdad desnuda. La mujer soltó una risita nerviosa y despectiva.
—Oh, vaya… qué… pintoresco. Gustavo, siempre con tu sentido del humor tan peculiar.
Gustavo dio un paso adelante, su rostro serio, irradiando autoridad.
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