UN MILLONARIO VE A SU CRIADA HUMILLADA EN UNA CITA A CIEGAS CON SOLO $5 DÓLARES… Y SU VIDA CAMBIA…/HXL

—No es un chiste, Clara —dijo con voz potente, asegurándose de que todos los que estaban cerca escucharan—. Marcela es la mujer más trabajadora, honesta y noble que he conocido. Mientras muchos aquí viven de apariencias y fortunas heredadas, ella construye su vida con esfuerzo diario. Y si alguien aquí tiene algún problema con eso, o piensa que ella es menos digna por su profesión, puede retirarse ahora mismo. No me interesa la compañía de gente que mide el valor de una persona por su cuenta bancaria.

Tomó la mano de Marcela y la besó frente a todos. Fue un gesto de desafío, pero sobre todo, fue una declaración de amor absoluta. En ese momento, Marcela supo que ya no tenía nada que temer. El hombre más poderoso del salón estaba de su lado, no por lástima, sino por admiración.

Esa noche, bailaron hasta que les dolieron los pies, ignorando los susurros que poco a poco se transformaron de crítica a curiosidad y, finalmente, a respeto. Porque el amor verdadero, cuando se muestra con tanta valentía, tiene la fuerza de doblar la realidad a su antojo.

Pasaron los meses. La mansión Castillo dejó de ser un museo frío para convertirse en un hogar lleno de risas, música y aroma a comida mexicana. Marcela siguió trabajando, no porque Gustavo se lo pidiera (él le rogó que dejara de hacerlo), sino porque ella quería seguir cuidando de él y de su espacio, aunque ahora con ayuda contratada para las tareas pesadas. Ella comenzó a estudiar diseño de jardines, cumpliendo ese sueño postergado, con el apoyo incondicional de Gustavo.

Un año después de aquella fatídica noche en “La Rosa Dorada”, Gustavo llevó a Marcela al mismo restaurante. Pidió la misma mesa junto a la ventana. Marcela llevaba un vestido nuevo, pero en su bolso, todavía guardaba aquel viejo billete de cinco dólares, como un recordatorio de dónde venía y de lo lejos que había llegado.

Cuando terminaron de cenar, Gustavo se puso serio. Sacó una pequeña caja de terciopelo de su bolsillo. No había dudas en sus ojos, solo una certeza infinita.

—Marcela —empezó, su voz temblando ligeramente por la emoción—. Hace un año, un hombre ciego te dejó sentada en esta mesa porque no pudo ver tu valor. Hoy, yo me arrodillo aquí —y lo hizo, se arrodilló frente a todos— para pedirte que me permitas pasar el resto de mi vida intentando merecerte. No te ofrezco solo mi fortuna, eso es papel. Te ofrezco mi corazón, mi respeto y mi lealtad eterna. ¿Te casarías conmigo?

Las lágrimas de Marcela fluyeron libres, pero esta vez eran lágrimas de una alegría tan pura que iluminaban el lugar.

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